
The Economist sorprendió esta semana con un artículo un tanto surrealista. Analizaba, desde su perspectiva monetarista, las consecuencias a corto y mediano plazo de la actual crisis y proponía nada menos que establecer como norma la "flexibilidad laboral" como única solución al inminente desempleo masivo que se avecinaría.
Esta revista y muchas otras del ámbito económico friedmaniano tienen un particular sentido del humor, si podemos llamarlo así a lo caraduras que son. The Economist, Forbes, Harvard Business Review y América Economía avalaron durante todos estos años las prácticas del extremismo liberal predicadas por Milton Friedman y las conductas "emprendedoras" (léase ahora "estafadoras") de personajes como Bernard Madoff, cuyos reportajes halagadores han sido borrados de las páginas web de dichas publicaciones en las últimas semanas... La autocrítica escasea en estas supuestas revistas prestigiosas; los editores, por lo visto, más que economistas serios eran seguidores de la doctrina religiosa en que se ha convertido la visión friedmaniana de la economía. La aversión a la regulación que The Economist profesaba, defendiendo la libertad absoluta de la ejecución financiera y confiando ciegamente en la Mano Invisible, tan invisible que no existe, ahora discretamente se está metamorfoseando en una propaganda de la desregulación laboral. Según esta publicación (y de la que El Mercurio se ha hecho eco), se recomienda a los gobiernos del planeta que la única forma de evitar que las tasas de desempleo lleguen a los niveles de la Gran Depresión es desregulando la legislación laboral, es decir, poner en práctica la doctrina de la flexibilidad laboral. ¿Qué más flexibilidad laboral de la que ya existe en estos momentos? La facilidad de motivos para despedir personas, los abusos en las horas extra, la nula capacidad fiscalizadora y preventiva de la Dirección del Trabajo, sobre todo en el área agrícola y de comercio de tiendas por departamento, el no pago de cotizaciones previsionales, y un largo etcétera, demuestran que eso ya existe. Otra cosa es legitimar la esclavitud. Fíjense que estas revistas siempre ponen como ejemplo a India y China como paises vigorosos y audaces, pero ¿cuáles son las condiciones sociales de sus trabajadores? Trabajan muchas veces por comida, los niños cosiendo zapatillas Nike en vez de ir a la escuela, donde sólo unos pocos gozan del bienestar que produce a la larga un mercado laboral no regulado. En la universidad me tocó una vez hacer un trabajo sobre regulación laboral en mi ramo de Economía, y un compañero que era gremialista me replicaba en la exposición del mismo que una economía sana no debiera tener regulación, porque perfectamente podrían entenderse el empleador y el trabajador directamente tanto en el establecimiento de sueldos como de beneficios. ¡Vaya idealista! Y él mismo me criticaba por ser "comunista" en mis proposiciones... Tanto la doctrina marxista clásica como la monetarista son ilusiones colectivas, no tienen base racional. Lamentablemente la economía se ha estudiado en este último siglo más como doctrina religiosa que como ciencia. Y The Economist y otros son manuales de catecismo más que revistas de ciencia económica. Replican lo que los sacerdotes de Chicago predican desde sus púlpitos. Por eso hemos caído en este infierno, del que, espero, salgamos lo antes posible.
Los trabajadores no tienen por qué pagar con su estabilidad laboral y su bienestar los costos que dejó la orgía de los malabaristas de las finanzas como Madoff y Stanford y de la irresponsabilidad de bancos como el Santander, que jamás estudió la base racional de las propuestas de inversión de los anteriormente mencionados. Los siguieron como se sigue a un mesías. Esto se soluciona de la forma en que Obama y Bachelet lo están haciendo: con la propuesta Keynes, es decir, con el gran impulso a las obras públicas. En situaciones críticas como las actuales, el único que tiene dinero es el Estado, porque a los inversionistas les baja el pánico escénico, y más que bonos directos (si bien son buenos per se), al desarrollar obras públicas de gran alcance, benefician al país por su perdurabilidad y utilidad pública (como lo fue en los años 1930 la construcción en Estados Unidos del puente Golden Gate, en San Francisco) y a su vez, como necesitan materiales, reactivan a las industrias que lo producen, que a su vez contratan a más personas para trabajar en ellas, que, a su vez, necesitan comprar bienes básicos y suntuarios, lo que reactiva la industria de bienes y servicios. El engranaje económico vuelve a moverse, como diría John Maynard Keynes.



