Hace unas semanas la ministra de Educación Mónica Jiménez "de la Jarra" organizó una charla muy peculiar para los funcionarios sobre los aspectos motivacionales de la fe. Son esos típicos discursillos de supuestos gurús que cuentan, medio en serio, medio en chamullo, sus experiencias personales acolchonadas por la tranquilidad que otorga la creencia en algo sobrenatural. Podríamos preguntarnos por qué la ministra gasta dineros fiscales en financiar conferencias de amigos suyos del Opus Dei y de la intromisión de asuntos religiosos en políticas públicas de una república supuestamente laica como la nuestra en vez de capacitar a los funcionarios con cursos útiles que mejoren su desempeño, pero en el último tiempo las predicaciones de las buenas nuevas se han puesto muy de moda.
Destaca sobre todo la lacrimosa publicidad de los trabajos de Pilar Sordo, psicóloga de la Universidad Diego Portales, cuya obra, un tanto esquizofrénica, transita entre el humor y la apología del dolor. Algo así como una mezcla de Álvaro Salas con el cardenal Medina. La escuchaba en sus charlas y constantemente repetía sus experiencias con el sufrimiento, con el ya archipublicitado cáncer de su marido (no me imagino si el pobre hubiese padecido de impotencia, se hubiese guardado el secreto...) y con el supuesto sentido que el dolor otorga a la vida. Esta visión tan manoseada del dolor es muy añeja. Recordemos que los católicos medievales organizaban autoflagelaciones masivas para conmemorar el sufrimiento y la Pasión de Cristo, y que aún en lugares como México o Filipinas crucifican gente para refrescar el showbusiness en que se ha transformado el Via Crucis (quitándole su esencia sobria y penitente). Incluso podemos mirar más de cerca y ver a decenas de giles que se arrastran y torturan para cuanta celebración religiosa transcurre en el año, como la peregrinación a Lo Vásquez o a Santa Rosa de Pelequén. No creo que Jesús haya pedido explícitamente que sus seguidores hiciesen eso. Pero es parte del barroquismo en que el catolicismo cae de vez en cuando. Bastaría con observar la huincha de cilicio que la misma ministra Mónica Jiménez o Joaquín Lavín o Carlos Larraín o algunos ministros del Tribunal Constitucional tienen amarrada en una de sus piernas.
Uno ve lo que quiere ver. El significado sobrenatural del dolor y su valor moral es una de las posturas más cómodas, estúpidas y cobardes que un ser humano puede seguir. El dolor es sólo una sensación física que permite que sobrevivamos y reaccionemos frente a un ataque de un agente externo o nos avisa de problemas internos. Es percibido por los nociceptores y las terminaciones nerviosas libres. La angustia conductual, que muchos comparan con el dolor, es un tipo de comportamiento social, una forma de comunicación no verbal que crea empatías con otros individuos, una forma de comunicación quizás más fluida cuando la situación no permite otras maneras más articuladas. Pero de ahí a decir que gracias al dolor y solamente gracias a él se puede mejorar como persona... Es como seguir la mentalidad primitiva de Juana de Arco, que pensaba que Dios le había dejado una espada botada en la campiña francesa como mandato para liberar a su país del dominio inglés, sin considerar que simplemente esa espada a alguien se le cayó. ¿Por qué pensar necesariamente que un acto tiene un motivo moral específico? Es uno de los dogmas de los fundamentalistas religiosos, cegados por la rigidez de una interpretación poco seria. El método de las certezas morales es cómodo, porque resta valor a la capacidad intelectual para crear sus propias respuestas a partir de la razón; es estúpida, porque obliga a seguir patrones de conducta sin pensarlos (como el viejo paradigma de la camada de lemmings que se caen todos por el acantilado debido a que siguen al "líder", ese individuo tan alabado por algunos); y es cobarde, porque es más fácil esconderse en un cascarón de verborrea sobrenatural antes que atreverse a explorar el mundo por los propios medios.
Al igual que Sordo y su esposo, yo pasé por la misma experiencia. Me operaron hace un año atrás de un doloroso tumor craneal. Hace diez años que la vida diaria era una tortura. Dolores de cabeza intensos todos los días, todos. Me impedía hacer una vida normal. Ahora estoy muy bien, de regreso a la cotidianidad. Pero en ningún momento pensé que Dios quería que pasara por esto para ser mejor persona. Es más, ni siquiera sé si existe o, si existe como tal, no creo que les guste las telenovelas venezolanas de vidas cargadas de sufrimiento (aunque su Canal 13 transmita toda esa basura...). La influencia tan grande de algunos psicólogos(as) chantas como Sordo me preocupa. Porque intentan establecer bases sociales de una supuesta "normalidad" del comportamiento a partir de sus muy subjetivos puntos de vista determinados por su participación en sectas religiosas o de traumas propios. El dolor es un accidente corporal más, como lo es el hipo, o el mal aliento matinal, o un peo caldúo después de comer una empanada de pino en una fonda dieciochera. No veo que exista un mensaje divino en un buen gas travieso que se escapa indiscretamente. Otra cosa es analizar las espantosas manchas que deje en la ropa interior mediante el test de Rorschach...
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