Hace algún tiempo, la prestigiosa revista New Scientist destacó un exitoso best-seller de divulgación científica, "From Lucy to Language (Desde Lucy al Lenguaje)", de Donald Johnson y Blake Edgar, que trataba del tema de la aparición del lenguaje humano. Pero, ¿cómo hay que abordar esta improbable investigación del origen del lenguaje, un hecho que no fosilizó antes de la invención de la escritura, hace solamente cinco mil años atrás?
Los lingüistas disponen de material abundante y extraordinariamente diversificado: las, aproximadamente, cinco mil lenguas habladas por el hombre moderno. Recientemente, el lingüista norteamericano Merrit Ruhlen ha lanzado una piedra a la charca de sus estimados colegas: aplicando un método de clasificación elaborado por su maestro Joseph Greenberg, Ruhlen pretende demostrar que todas las grandes familias de lenguas existentes derivan de una lengua madre única. Esta conclusión está en perfecta coherencia con los datos más recientes aportados por la genética de las poblaciones y la arqueología, cuyas conclusiones dicen que las poblaciones humanas actuales tienen un origen común a partir de una población madre de la prehistoria. Pero, a nivel de la técnica lingüística, la demostración de Ruhlen no convence a todos los especialistas. No parece, pues, que la controversia vaya a extinguirse.
Una cuestión muy diferente es preguntarse por la aparición del lenguaje: ¿es posible construir una narración darwiniana plausible y, al menos parcialmente, refutable? En primer lugar ¿cómo hay que calificar la especificidad del lenguaje humano? El célebre lingüista Noam Chomsky ha dedicado gran parte de su carrera a responder a esta pregunta. De una manera general, sus conclusiones pueden resumirse de este modo: el lenguaje está determinado por un módulo especializado del cerebro; todos los humanos lo poseen, y quedan excluidos de él el resto de los animales. Finalmente, este módulo es el responsable de la utilización de una «gramática universal» que permite generar un espectro ilimitado de expresiones significativas.
Los trabajos de otro lingüista estadounidense, Derek Bickerton, apoyan las conclusiones de Chomsky. Bickerton ha estudiado en profundidad los pidgins, protolenguajes ingeniados en situaciones excepcionales por grupos humanos aislados que no disponen de ninguna lengua en común (los esclavos de las islas, por ejemplo). En algunos lugares del mundo, estos pidgins se han transformado en verdaderas lenguas, las criollas, a menudo en el espacio de una sola generación. Bickerton ha conseguido demostrar que, a pesar de que los vocabularios, evidentemente, difieren, las estructuras gramaticales de todas estas lenguas son asombrosamente parecidas.
La especie humana actual dispone, pues, de facultades innatas para el lenguaje. Pero ¿qué hay que entender por innato? No se trata de la facultad de hablar una lengua determinada, sino de aprender cualquier lengua. ¿Cómo se ha podido configurar esta facultad a lo largo del tiempo?
Chomsky considera que «la teoría de la evolución [...] tiene poco que decir sobre cuestiones de esta naturaleza». Bickerton se inspira en la teoría de los equilibrios puntuados de Stephen Jay Gould y Niles Eldredge y recurre luego a un acontecimiento «catastrófico», una hipotética macromutación genética, para explicar la adquisición del módulo cerebral del lenguaje en el ser humano.
Pero ¿no habría intervenido también la selección natural, en el sentido habitual de la expresión? Steven Pinker, un alumno de Chomsky en el MIT, tachó de falsa esta opinión, muy compartida por los lingüistas y los cognitivistas. El debate estaba servido, y en la década de los 1990, los aportes de los principales participantes fueron objeto de un extensísimo artículo. Según sus propias palabras, Pinker y el coautor, Paul Bloom, persiguen un «objetivo increíblemente enojoso»: quieren, nada más y nada menos, demostrar que, lo mismo que el ojo, el lenguaje es un sistema complejo y que la selección natural es el único mecanismo susceptible de explicarlo. Sin embargo, una vez cumplida su tarea, Pinker y Bloom no proponen ninguna hipótesis sobre la aparición del lenguaje.
Con todo, esta explicación ha de completarse con datos anatómicos, ya que el lenguaje no queda confinado en el interior del cerebro humano. Los símbolos han de transformarse en una serie de sonidos, lo cual significa la posesión de un conjunto de condiciones para emitirlos y recibirlos. Según Philip Lieberman, la evolución de la morfología del aparato vocal humano, especialmente el descenso de la laringe, ha permitido el desarrollo de un sistema de comunicación que maximiza la transmisión de la información y minimiza los errores de percepción.
Entre otros, un antropólogo británico, Chris Knight, ha emprendido recientemente la vía abierta por Pinker. Aunque admite el carácter especulativo de su hipótesis, Knight reivindica su refutabilidad, especialmente a partir del análisis de las pinturas rupestres del Paleolítico.
Cualquiera que sea el futuro de esta hipótesis, el psicólogo Robin Ian McDonald Dunbar, en uno de los numerosos comentarios que acompañan el artículo de Knight, escribe: «en ciencia, a menudo, es más importante ser interesante que tener la razón».
17.9.09
21.8.09
El origen de la moral
No hay que soñar: la moral no se basa en la biología. Pero las reflexiones de evolucionistas y de etólogos sobre las estrategias animales nos esclarecen las condiciones bajo las cuales surge la moral en las sociedades humanas. La selección natural pudo favorecer los comportamientos cooperativos.
Un siglo después de Darwin, algunos biólogos, filósofos y politólogos, basándose en un nuevo entendimiento de la selección natural, reexploran el vínculo entre evolución y moral. El ser humano, tal como lo presentó Darwin, es un producto de la evolución, y la selección natural no determina solamente su anatomía y su fisiología, sino también las formas de su comportamiento. Así, pues, el mejor medio para comprender nuestros impulsos morales sería, quizás, poner de manifiesto las ventajas que, en la lucha por la vida, pueden aportarnos las tendencias que valoran ciertas acciones y condenan otras. De este modo, la moral se revelaría, al menos en parte, como un fenómeno de tipo biológico. Esto permitiría sustituir las especulaciones vagas de teólogos y filósofos por un enfoque más riguroso.
Cualquier tentativa de establecer una relación entre biología y moral humana ha de empezar por reconocer la gran distancia que hay entre las presiones biológicas que determinaron la evolución de nuestros antepasados y los códigos morales a los que hoy estamos adheridos. Como es bien sabido, la vida de muchos otros animales viene determinada por la transmisión cultural, entre generaciones, de diversas formas de comportamiento. Algunas veces se introducen innovaciones culturales que dan lugar a la invención de nuevos modos de adaptación al entorno. En un caso, ya célebre, el macaco japonés (Imo, el «simio genial») preparó una técnica que permitía separar el trigo de la arena: lanzarlos al mar. La generalización de esta técnica hizo que el grupo de simios se familiarizaran con el agua, aprendieran a nadar y, luego, exploraran una isla cercana .
En nuestra especie, los procesos de transmisión e innovación culturales se han desarrollado a gran escala, y es totalmente posible que gran parte de los comportamientos humanos contemporáneos tengan una relación muy lejana con las presiones ancestrales ligadas a la selección natural en un entorno tipo sabana. El hecho de que el hombre sea un producto de la evolución no debe hacernos buscar en cada forma de comportamiento humano su correspondiente ventaja desde el punto de vista de la selección natural.
Por otra parte, y tal como habían observado claramente Darwin y su aliado Thomas H. Huxley, ninguna teoría de la evolución, por compleja que sea, podrá guiar jamás nuestro comportamiento. Cada día, en las culturas más diversas, los individuos han de enfrentarse a decisiones que les obligan a plantearse cuestiones morales básicas. En todos los códigos o sistemas de referencia, puede establecerse una distinción entre ciertos principios fundamentales y unos preceptos emanados de ellos, al igual que en geometría es posible separar axiomas de teoremas. Cuando de opiniones diferentes derivan reglas morales diferentes, ¿qué actitud hay que adoptar? Aunque momentáneamente exista la tentación de dejarse llevar por la idea de que la biología debería poder regular el problema identificando una solución determinada como la más «natural», una somera reflexión remite al punto de vista fundamental de Darwin y Huxley. En efecto, siempre podemos preguntarnos si no estamos precisamente ante un caso en que se deba resistir a la «naturaleza».
¿Puede sostenerse la idea según la cual los recientes desarrollos de la teoría de la evolución permiten, efectivamente, esclarecer ciertos aspectos de la moral humana sin que ello obligue a lanzarse a un proyecto inalcanzable o a enunciar una simple banalidad? Creo que sí. Algunas de las ideas introducidas en la teoría de la evolución desde los años 1960, ideas que han modificado nuestro concepto fundamental del funcionamiento de la selección natural, permitirían elaborar una nueva representación del hombre en tanto que agente moral, así como del origen y las funciones de la moral.
Según una versión simplista, aunque muy extendida, de las ideas darvinianas, la selección natural es, ante todo, un mecanismo que favorece a los seres fuertes, crueles y carentes de escrúpulos. A lo largo de todo el siglo pasado, los biólogos de la evolución se han preguntado por la posibilidad del altruismo concebido como la tendencia de un organismo a adoptar comportamientos que favorecen la reproducción de otros organismos en detrimento de su propia reproducción. Hasta los años 1960, varios casos de comportamientos aparentemente altruistas en la naturaleza habían dado lugar a ciertas explicaciones evolucionistas vagas y poco satisfactorias que, generalmente, invocaban un «interés del grupo» o un «interés de la especie», por la simple razón de no poder explicar el hecho de que, como resultado de la selección natural, un organismo pudiera favorecer las capacidades biológicas de otro en detrimento de las propias. Dos aportaciones decisivas modificaron el enfoque de esta cuestión. La primera, debida a William D. Hamilton, que era entonces estudiante de doctorado en la Universidad de Londres, puso de manifiesto el hecho de que algunos alelos que determinan en sus portadores comportamientos altruistas pueden verse favorecidos por la selección natural en caso de que los beneficiarios de tales comportamientos sean organismos emparentados. El elemento decisivo de la evolución del altruismo en el marco de la selección natural es la propagación de alelos apropiados. Como, probablemente, los organismos emparentados están también provistos de alelos altruistas, el aumento de su reproducción podría compensar la pérdida sufrida por el organismo altruista desde el punto de vista de su propia reproducción. Hamilton propuso una aplicación importante de esta idea, sirviéndose de ella para explicar la presencia de subgrupos estériles en los insectos sociales (hormigas, abejas, termitas). Sus continuadores ampliaron el alcance de este ejemplo y propusieron muchos ejemplos nuevos .
La segunda aportación importante la hizo Robert L. Trivers, que por entonces era un joven profesor de Harvard. Trivers sugirió que, incluso entre organismos no emparentados, los que adoptan un comportamiento altruista podrían ser favorecidos por la selección natural en caso de que este comportamiento fuera recíproco: un organismo hoy donante podría verse beneficiado mañana; la ayuda mutua que se prestan ambos organismos aumenta, a largo plazo, sus posibilidades de reproducción . Craig Packer, un joven investigador inglés especializado en el estudio del comportamiento social de los animales, sugirió que la hipótesis de Trivers podía aplicarse a la formación de coaliciones entre babuinos machos no emparentados que, a veces, se agrupan de dos en dos para alejar a otro macho de una hembra cuando ésta es apta para la reproducción. Entonces, uno u otro de estos babuinos puede alcanzar su objetivo de emparejamiento . Los trabajos de Hamilton sugerían que ciertos comportamientos animales podrían favorecer las oportunidades de organismos próximos desde el punto de vista de la evolución. El fecundo artículo de Trivers indica la posibilidad de que el altruismo se expanda más rápidamente cuando se forman coaliciones de altruistas.
Durante los años 1980, Robert Axelrod, un investigador de ciencias políticas de la Universidad de Michigan que trabajaba en colaboración con Hamilton, propuso un desarrollo teórico muy interesante de las ideas de Trivers. Axelrod propuso modelizar las interacciones sociales entre animales bajo la forma del dilema del prisionero . En este conocido juego, dos individuos pueden elegir entre un comportamiento cooperativo y otro no cooperativo. Para un individuo, lo peor es cooperar con alguien no cooperativo. El resultado es menos malo si ninguno de los dos coopera, y es mejor en caso de cooperación mutua. La eventualidad más favorable es la del explotador sin escrúpulos que responde a un comportamiento cooperativo con un rechazo a la cooperación. Según este modelo, si alguien está obligado a jugar con otro individuo, su máximo interés debería ser rechazar sistemáticamente cooperar: si el otro de muestra cooperativo, el rechazo del primero permitirá a éste una ganancia máxima; si se muestra no cooperativo, le valdrá más hacer lo mismo. Por consiguiente, cuando la posibilidad de interacción sólo se produce una vez, el rechazo a cooperar parece ser la estrategia más favorable.
Organizando un torneo informático en el que algunos algoritmos se oponían entre sí, Axelrod demostró que el caso es diferente cuando los actores pertenecen a una población obligada a interacciones repetidas, ya que entonces sí son posibles algunas coaliciones altruistas del tipo de las descritas por Trivers. El argumento desarrollado por Axelrod muestra de manera convincente que, a partir del momento en que los organismos cooperativos están presentes en número suficiente, en el interior de una población puede prevalecer una forma particular de estrategia cooperativa: comportamiento inicial de cooperación, sanción de todos los no cooperantes con el rechazo a cooperar con ellos la vez siguiente y vuelta a la cooperación cuando adopta nuevamente un comportamiento cooperativo. Sin embargo, la dificultad esencial que plantea el análisis de Axelrod es explicar de qué modo los comportamientos de tipo cooperativo pueden imponerse dentro de esta población. En un entorno hostil dominado por organismos no cooperativos, los que desean cooperar son castigados severamente. Así, pues, ¿cómo puede explicarse que aparezca la cooperación?
Una manera de abordar la cuestión consiste en examinar de qué modo el análisis de Axelrod podría aplicarse a los casos más manifiestos de interacción entre animales no emparentados: coaliciones entre machos para asegurarse el acceso a las hembras, aseo social... Una característica evidente es que los participantes pueden aprovechar una libertad mucho mayor que la prevista por el modelo: contrariamente a los desdichados prisioneros, no están obligados en absoluto a la interacción. Si, efectivamente, deciden formar una unidad social, disponen de un amplio abanico de socios potenciales. Los babuinos machos que buscan una hembra pueden tratar de conseguirla por sí solos u optar por formar equipo con ciertos miembros de su grupo, pero no con otros. Esto nos permite introducir el concepto de juego opcional, que corresponde a una situación en la que es posible actuar en solitario, o bien entrar en interacción con otros jugadores, con la posibilidad, si se decide la interacción, de elegir a los socios entre un conjunto de candidatos potenciales. Imaginemos a unos primates que proceden de un estado asocial en el que había posibilidades recurrentes de juegos opcionales: interacciones para el aseo, la caza en grupo, la cooperación en la defensa del grupo, o la formación de coaliciones para tener acceso fácil a determinadas hembras.
Si estos animales son capaces de establecer distinciones y modular su comportamiento en función del modo en que han sido tratados en el pasado por cada uno de los otros primates, podrá aparecer, e imponerse prácticamente la mayor parte del tiempo, una estrategia de cooperación con animales cooperativos (o más exactamente, que todavía no se han mostrado no cooperativos). Aunque la población sea invadida por animales sin escrúpulos, esto sólo será temporal. En efecto, cuando los explotadores constituyen mayoría, los individuos que se deciden a actuar solos y rechazan las interacciones con otros se ven favorecidos por la selección. La cooperación podrá reaparecer en el momento en que los asociales hayan eliminado a los «sin escrúpulos» .
Este panorama es alentador, ya que demuestra hasta qué punto la evolución, dentro de las condiciones de la selección natural, puede favorecer efectivamente el comportamiento cooperativo. Pero, ¿qué relación puede tener con la moral? ¿Qué consecuencias tendrá en las cuestiones éticas la demostración de la posibilidad evolutiva de una forma de altruismo (en el sentido biológico) en los animales, representada por el comportamiento cooperativo?
En primer lugar, conviene establecer una distinción importante entre el altruismo en el sentido que le atribuyen los biólogos y el concepto de altruismo sobre el que se basa la reflexión moral. La ética no se interesa por los comportamientos ciegos, ni aun en el caso de que éstos tengan consecuencias benéficas para otros individuos. Tampoco le conciernen esencialmente las acciones que provocan el aumento de las oportunidades de reproducción de otro organismo. Las motivaciones son decisivas: las acciones altruistas objeto de la reflexión ética son las que están movidas por el deseo de favorecer el bienestar ajeno.
Para relacionar biología de la evolución y moral, hay que ir más allá de las demostraciones sobre la posibilidad de acciones altruistas en el sentido que les atribuyen los biólogos. El punto esencial debería ser la investigación de si existen datos que indiquen que la selección natural pudo determinar la formación de una tendencia a la simpatía (o un sentimiento del mismo tipo) entre nuestros antepasados homínidos. En la historia de nuestra evolución, ciertas variaciones genéticas pudieron hacer, por ejemplo, que, en un ambiente como el de la sabana, individuos portadores de alelos específicos se desarrollaran de tal modo que llegaran a mostrar una disposición creciente a tener en cuenta ciertos intereses de los semejantes que les rodeaban. Estos homínidos habrían sido incitados a entrar en el tipo de interacciones modelizadas en los juegos recurrentes de Axelrod o en los juegos opcionales que acabamos de describir. Además, el análisis anterior puede ampliarse de la manera siguiente: la selección natural debería favorecer a los individuos que tratan los intereses de sus socios potenciales exactamente de la misma manera que sus propios intereses, mientras estos socios no se hubieran mostrado no cooperativos .
Ciertas investigaciones primatológicas recientes parecen indicar que la evolución de una tendencia a la simpatía es más que una simple posibilidad teórica. En un estudio reciente, Frans de Waal recogió una gran variedad de observaciones de actos de benevolencia, no humanos, que iban de la protección al consuelo. Ciertos animales, aparentemente, mueren de pena después de la pérdida de un «ser amado» . Aunque el riesgo de caer en un antropomorfismo afectivo es muy grande, ciertos tipos de comportamiento, como en el caso de un joven chimpancé que recogía cuidadosamente frutos para compartirlos con su madre paralítica, son difíciles de explicar sin dar por supuesta la existencia de cierto tipo de percepción de necesidades del otro y de respuesta a tales necesidades.
Aunque en el hombre se admita la hipótesis de la evolución de ciertas tendencias al desarrollo de una capacidad de simpatía hacia los individuos que le rodean, quedaría todavía por explicar cuál es la relación entre estas tendencias y los códigos morales. La organización social compleja de nuestros parientes próximos en la evolución, sus profundas diferencias con las sociedades humanas pueden darnos algunos indicios. Las sociedades de primates, como han demostrado los trabajos de Waal y de otros, no suelen mostrar una cooperación idílica: en ellas hay conflictos, infidelidades, una tensión constante y luchas políticas brutales . Aunque la existencia de cualquier forma de vida social tiene su origen en la simpatía que los animales sienten unos por otros, también hay que reconocer que esta simpatía es puesta muy a prueba, y que a veces es pisoteada si existe la posibilidad de obtener ganancias importantes traicionando a sus amigos. Un adulto macho que entrevea la posibilidad de acceder a una posición dominante podrá abandonar a su compañero aunque le haya sido fiel durante meses o años. Los vínculos entre chimpancés o bonobos pueden romperse fácilmente, y las relaciones sociales requieren a veces largos y complejos procesos de reparación.
Cabe imaginar que, desde los grupúsculos de nuestros antepasados homínidos, las sociedades humanas han manifestado una estabilidad mayor y han hallado el medio de dar más peso a su tendencia a la simpatía. Para evitar ceder ante la tentación de romper a la menor oportunidad el vínculo que les unía a algunos de los individuos de su entorno y de verse obligados a esforzarse para restablecer dicho vínculo, nuestros antepasados habrían desarrollado una estrategia de prevención, fortaleciendo su instinto de simpatía mediante unas reglas de conducta. Una de las primeras funciones del lenguaje fue, quizás, permitir que el hombre se dominara y pudiera mantener la relación con el otro renunciando a la tentación de romperla. Desde este punto de vista, la moral puede contemplarse como un dispositivo de regulación de los impulsos que amenazan a la sociedad humana y que, a la vez, son susceptibles de poner en peligro su supervivencia y su reproducción. Sería, pues, una estrategia específicamente humana de mantenimiento de la paz mediante el establecimiento de ciertos límites que no deben franquearse.
Ciertamente, existe una distancia enorme entre las series de reglas simples que han permitido reducir las tensiones en la vida social de los homínidos y nuestros actuales modos de reflexión complejos. Sin embargo, si se toma en serio, esta hipótesis introduce un punto de vista nuevo acerca de la moral contemporánea, una moral que se habría elaborado a partir de estas primeras reglas y a lo largo de procesos históricos; la confrontación con otros grupos humanos habría conducido a un intento de resolver las diferencias y a una reflexión sobre la actitud a adoptar ante seres por los cuales no existe una simpatía inmediata. Unos códigos morales más exigentes serían el resultado de un esfuerzo de razonamiento sobre los sentimientos con los que se identificaban nuestros antepasados a medida que avanzaba el conocimiento mutuo.
Sin duda, esta breve exposición del origen de la moral es muy hipotética. Si merece ser tomada en serio, es porque la respuesta que propone se sitúa a medio camino entre dos posiciones igualmente insatisfactorias. En efecto, las exigencias de la moral no son ni exigencias completamente abstractas, procedentes de una razón trascendental e independiente de las características humanas, ni tampoco la simple expresión de sentimientos naturales. La moral humana está a medio camino entre lo abstracto y lo puramente descriptivo . En definitiva, esta hipótesis debería juzgarse según unos criterios idénticos a los que conviene aplicar a la de Darwin, es decir, en relación con su capacidad de explicar una gran diversidad de fenómenos surgidos de muchos campos diferentes, como la teoría general de la evolución, la primatología, la evolución de los homínidos, la antropología, la psicología y la historia de la moral y de la religión.
Intentar descubrir la posibilidad de que, en el marco de la evolución, surgiera el altruismo humano debería tener, al menos, un efecto liberador. Con demasiada frecuencia las afirmaciones morales se perciben a partir de un concepto pesimista del comportamiento humano. El célebre consejo de Macchiavello suele imponérsenos como el realismo mismo: «si todos los hombres fueran buenos, este precepto (no mantener la palabra) no sería bueno; pero como son malos y no mantendrían la palabra que os han dado, tampoco vosotros debéis mantenerla» . A pesar de que, a primera vista, nuestro conocimiento de la historia de la vida parece justificar esta opinión sobre la naturaleza humana, un examen más atento de ciertas consecuencias del darwinismo permite esperar que podríamos ser mejores de lo que piensan los pesimistas. Y, también, que podríamos servirnos de la biología para profundizar en la proposición de David Hume según la cual nuestra falta de indiferencia hacia los que nos rodean es «un principio que explica en gran parte el origen de la moralidad»
Gentileza de Philip Kitcher, catedrático de filosofía de la ciencia en la Universidad de Columbia.
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Un siglo después de Darwin, algunos biólogos, filósofos y politólogos, basándose en un nuevo entendimiento de la selección natural, reexploran el vínculo entre evolución y moral. El ser humano, tal como lo presentó Darwin, es un producto de la evolución, y la selección natural no determina solamente su anatomía y su fisiología, sino también las formas de su comportamiento. Así, pues, el mejor medio para comprender nuestros impulsos morales sería, quizás, poner de manifiesto las ventajas que, en la lucha por la vida, pueden aportarnos las tendencias que valoran ciertas acciones y condenan otras. De este modo, la moral se revelaría, al menos en parte, como un fenómeno de tipo biológico. Esto permitiría sustituir las especulaciones vagas de teólogos y filósofos por un enfoque más riguroso.
Cualquier tentativa de establecer una relación entre biología y moral humana ha de empezar por reconocer la gran distancia que hay entre las presiones biológicas que determinaron la evolución de nuestros antepasados y los códigos morales a los que hoy estamos adheridos. Como es bien sabido, la vida de muchos otros animales viene determinada por la transmisión cultural, entre generaciones, de diversas formas de comportamiento. Algunas veces se introducen innovaciones culturales que dan lugar a la invención de nuevos modos de adaptación al entorno. En un caso, ya célebre, el macaco japonés (Imo, el «simio genial») preparó una técnica que permitía separar el trigo de la arena: lanzarlos al mar. La generalización de esta técnica hizo que el grupo de simios se familiarizaran con el agua, aprendieran a nadar y, luego, exploraran una isla cercana .
En nuestra especie, los procesos de transmisión e innovación culturales se han desarrollado a gran escala, y es totalmente posible que gran parte de los comportamientos humanos contemporáneos tengan una relación muy lejana con las presiones ancestrales ligadas a la selección natural en un entorno tipo sabana. El hecho de que el hombre sea un producto de la evolución no debe hacernos buscar en cada forma de comportamiento humano su correspondiente ventaja desde el punto de vista de la selección natural.
Por otra parte, y tal como habían observado claramente Darwin y su aliado Thomas H. Huxley, ninguna teoría de la evolución, por compleja que sea, podrá guiar jamás nuestro comportamiento. Cada día, en las culturas más diversas, los individuos han de enfrentarse a decisiones que les obligan a plantearse cuestiones morales básicas. En todos los códigos o sistemas de referencia, puede establecerse una distinción entre ciertos principios fundamentales y unos preceptos emanados de ellos, al igual que en geometría es posible separar axiomas de teoremas. Cuando de opiniones diferentes derivan reglas morales diferentes, ¿qué actitud hay que adoptar? Aunque momentáneamente exista la tentación de dejarse llevar por la idea de que la biología debería poder regular el problema identificando una solución determinada como la más «natural», una somera reflexión remite al punto de vista fundamental de Darwin y Huxley. En efecto, siempre podemos preguntarnos si no estamos precisamente ante un caso en que se deba resistir a la «naturaleza».
¿Puede sostenerse la idea según la cual los recientes desarrollos de la teoría de la evolución permiten, efectivamente, esclarecer ciertos aspectos de la moral humana sin que ello obligue a lanzarse a un proyecto inalcanzable o a enunciar una simple banalidad? Creo que sí. Algunas de las ideas introducidas en la teoría de la evolución desde los años 1960, ideas que han modificado nuestro concepto fundamental del funcionamiento de la selección natural, permitirían elaborar una nueva representación del hombre en tanto que agente moral, así como del origen y las funciones de la moral.
Según una versión simplista, aunque muy extendida, de las ideas darvinianas, la selección natural es, ante todo, un mecanismo que favorece a los seres fuertes, crueles y carentes de escrúpulos. A lo largo de todo el siglo pasado, los biólogos de la evolución se han preguntado por la posibilidad del altruismo concebido como la tendencia de un organismo a adoptar comportamientos que favorecen la reproducción de otros organismos en detrimento de su propia reproducción. Hasta los años 1960, varios casos de comportamientos aparentemente altruistas en la naturaleza habían dado lugar a ciertas explicaciones evolucionistas vagas y poco satisfactorias que, generalmente, invocaban un «interés del grupo» o un «interés de la especie», por la simple razón de no poder explicar el hecho de que, como resultado de la selección natural, un organismo pudiera favorecer las capacidades biológicas de otro en detrimento de las propias. Dos aportaciones decisivas modificaron el enfoque de esta cuestión. La primera, debida a William D. Hamilton, que era entonces estudiante de doctorado en la Universidad de Londres, puso de manifiesto el hecho de que algunos alelos que determinan en sus portadores comportamientos altruistas pueden verse favorecidos por la selección natural en caso de que los beneficiarios de tales comportamientos sean organismos emparentados. El elemento decisivo de la evolución del altruismo en el marco de la selección natural es la propagación de alelos apropiados. Como, probablemente, los organismos emparentados están también provistos de alelos altruistas, el aumento de su reproducción podría compensar la pérdida sufrida por el organismo altruista desde el punto de vista de su propia reproducción. Hamilton propuso una aplicación importante de esta idea, sirviéndose de ella para explicar la presencia de subgrupos estériles en los insectos sociales (hormigas, abejas, termitas). Sus continuadores ampliaron el alcance de este ejemplo y propusieron muchos ejemplos nuevos .
La segunda aportación importante la hizo Robert L. Trivers, que por entonces era un joven profesor de Harvard. Trivers sugirió que, incluso entre organismos no emparentados, los que adoptan un comportamiento altruista podrían ser favorecidos por la selección natural en caso de que este comportamiento fuera recíproco: un organismo hoy donante podría verse beneficiado mañana; la ayuda mutua que se prestan ambos organismos aumenta, a largo plazo, sus posibilidades de reproducción . Craig Packer, un joven investigador inglés especializado en el estudio del comportamiento social de los animales, sugirió que la hipótesis de Trivers podía aplicarse a la formación de coaliciones entre babuinos machos no emparentados que, a veces, se agrupan de dos en dos para alejar a otro macho de una hembra cuando ésta es apta para la reproducción. Entonces, uno u otro de estos babuinos puede alcanzar su objetivo de emparejamiento . Los trabajos de Hamilton sugerían que ciertos comportamientos animales podrían favorecer las oportunidades de organismos próximos desde el punto de vista de la evolución. El fecundo artículo de Trivers indica la posibilidad de que el altruismo se expanda más rápidamente cuando se forman coaliciones de altruistas.
Durante los años 1980, Robert Axelrod, un investigador de ciencias políticas de la Universidad de Michigan que trabajaba en colaboración con Hamilton, propuso un desarrollo teórico muy interesante de las ideas de Trivers. Axelrod propuso modelizar las interacciones sociales entre animales bajo la forma del dilema del prisionero . En este conocido juego, dos individuos pueden elegir entre un comportamiento cooperativo y otro no cooperativo. Para un individuo, lo peor es cooperar con alguien no cooperativo. El resultado es menos malo si ninguno de los dos coopera, y es mejor en caso de cooperación mutua. La eventualidad más favorable es la del explotador sin escrúpulos que responde a un comportamiento cooperativo con un rechazo a la cooperación. Según este modelo, si alguien está obligado a jugar con otro individuo, su máximo interés debería ser rechazar sistemáticamente cooperar: si el otro de muestra cooperativo, el rechazo del primero permitirá a éste una ganancia máxima; si se muestra no cooperativo, le valdrá más hacer lo mismo. Por consiguiente, cuando la posibilidad de interacción sólo se produce una vez, el rechazo a cooperar parece ser la estrategia más favorable.
Organizando un torneo informático en el que algunos algoritmos se oponían entre sí, Axelrod demostró que el caso es diferente cuando los actores pertenecen a una población obligada a interacciones repetidas, ya que entonces sí son posibles algunas coaliciones altruistas del tipo de las descritas por Trivers. El argumento desarrollado por Axelrod muestra de manera convincente que, a partir del momento en que los organismos cooperativos están presentes en número suficiente, en el interior de una población puede prevalecer una forma particular de estrategia cooperativa: comportamiento inicial de cooperación, sanción de todos los no cooperantes con el rechazo a cooperar con ellos la vez siguiente y vuelta a la cooperación cuando adopta nuevamente un comportamiento cooperativo. Sin embargo, la dificultad esencial que plantea el análisis de Axelrod es explicar de qué modo los comportamientos de tipo cooperativo pueden imponerse dentro de esta población. En un entorno hostil dominado por organismos no cooperativos, los que desean cooperar son castigados severamente. Así, pues, ¿cómo puede explicarse que aparezca la cooperación?
Una manera de abordar la cuestión consiste en examinar de qué modo el análisis de Axelrod podría aplicarse a los casos más manifiestos de interacción entre animales no emparentados: coaliciones entre machos para asegurarse el acceso a las hembras, aseo social... Una característica evidente es que los participantes pueden aprovechar una libertad mucho mayor que la prevista por el modelo: contrariamente a los desdichados prisioneros, no están obligados en absoluto a la interacción. Si, efectivamente, deciden formar una unidad social, disponen de un amplio abanico de socios potenciales. Los babuinos machos que buscan una hembra pueden tratar de conseguirla por sí solos u optar por formar equipo con ciertos miembros de su grupo, pero no con otros. Esto nos permite introducir el concepto de juego opcional, que corresponde a una situación en la que es posible actuar en solitario, o bien entrar en interacción con otros jugadores, con la posibilidad, si se decide la interacción, de elegir a los socios entre un conjunto de candidatos potenciales. Imaginemos a unos primates que proceden de un estado asocial en el que había posibilidades recurrentes de juegos opcionales: interacciones para el aseo, la caza en grupo, la cooperación en la defensa del grupo, o la formación de coaliciones para tener acceso fácil a determinadas hembras.
Si estos animales son capaces de establecer distinciones y modular su comportamiento en función del modo en que han sido tratados en el pasado por cada uno de los otros primates, podrá aparecer, e imponerse prácticamente la mayor parte del tiempo, una estrategia de cooperación con animales cooperativos (o más exactamente, que todavía no se han mostrado no cooperativos). Aunque la población sea invadida por animales sin escrúpulos, esto sólo será temporal. En efecto, cuando los explotadores constituyen mayoría, los individuos que se deciden a actuar solos y rechazan las interacciones con otros se ven favorecidos por la selección. La cooperación podrá reaparecer en el momento en que los asociales hayan eliminado a los «sin escrúpulos» .
Este panorama es alentador, ya que demuestra hasta qué punto la evolución, dentro de las condiciones de la selección natural, puede favorecer efectivamente el comportamiento cooperativo. Pero, ¿qué relación puede tener con la moral? ¿Qué consecuencias tendrá en las cuestiones éticas la demostración de la posibilidad evolutiva de una forma de altruismo (en el sentido biológico) en los animales, representada por el comportamiento cooperativo?
En primer lugar, conviene establecer una distinción importante entre el altruismo en el sentido que le atribuyen los biólogos y el concepto de altruismo sobre el que se basa la reflexión moral. La ética no se interesa por los comportamientos ciegos, ni aun en el caso de que éstos tengan consecuencias benéficas para otros individuos. Tampoco le conciernen esencialmente las acciones que provocan el aumento de las oportunidades de reproducción de otro organismo. Las motivaciones son decisivas: las acciones altruistas objeto de la reflexión ética son las que están movidas por el deseo de favorecer el bienestar ajeno.
Para relacionar biología de la evolución y moral, hay que ir más allá de las demostraciones sobre la posibilidad de acciones altruistas en el sentido que les atribuyen los biólogos. El punto esencial debería ser la investigación de si existen datos que indiquen que la selección natural pudo determinar la formación de una tendencia a la simpatía (o un sentimiento del mismo tipo) entre nuestros antepasados homínidos. En la historia de nuestra evolución, ciertas variaciones genéticas pudieron hacer, por ejemplo, que, en un ambiente como el de la sabana, individuos portadores de alelos específicos se desarrollaran de tal modo que llegaran a mostrar una disposición creciente a tener en cuenta ciertos intereses de los semejantes que les rodeaban. Estos homínidos habrían sido incitados a entrar en el tipo de interacciones modelizadas en los juegos recurrentes de Axelrod o en los juegos opcionales que acabamos de describir. Además, el análisis anterior puede ampliarse de la manera siguiente: la selección natural debería favorecer a los individuos que tratan los intereses de sus socios potenciales exactamente de la misma manera que sus propios intereses, mientras estos socios no se hubieran mostrado no cooperativos .
Ciertas investigaciones primatológicas recientes parecen indicar que la evolución de una tendencia a la simpatía es más que una simple posibilidad teórica. En un estudio reciente, Frans de Waal recogió una gran variedad de observaciones de actos de benevolencia, no humanos, que iban de la protección al consuelo. Ciertos animales, aparentemente, mueren de pena después de la pérdida de un «ser amado» . Aunque el riesgo de caer en un antropomorfismo afectivo es muy grande, ciertos tipos de comportamiento, como en el caso de un joven chimpancé que recogía cuidadosamente frutos para compartirlos con su madre paralítica, son difíciles de explicar sin dar por supuesta la existencia de cierto tipo de percepción de necesidades del otro y de respuesta a tales necesidades.
Aunque en el hombre se admita la hipótesis de la evolución de ciertas tendencias al desarrollo de una capacidad de simpatía hacia los individuos que le rodean, quedaría todavía por explicar cuál es la relación entre estas tendencias y los códigos morales. La organización social compleja de nuestros parientes próximos en la evolución, sus profundas diferencias con las sociedades humanas pueden darnos algunos indicios. Las sociedades de primates, como han demostrado los trabajos de Waal y de otros, no suelen mostrar una cooperación idílica: en ellas hay conflictos, infidelidades, una tensión constante y luchas políticas brutales . Aunque la existencia de cualquier forma de vida social tiene su origen en la simpatía que los animales sienten unos por otros, también hay que reconocer que esta simpatía es puesta muy a prueba, y que a veces es pisoteada si existe la posibilidad de obtener ganancias importantes traicionando a sus amigos. Un adulto macho que entrevea la posibilidad de acceder a una posición dominante podrá abandonar a su compañero aunque le haya sido fiel durante meses o años. Los vínculos entre chimpancés o bonobos pueden romperse fácilmente, y las relaciones sociales requieren a veces largos y complejos procesos de reparación.
Cabe imaginar que, desde los grupúsculos de nuestros antepasados homínidos, las sociedades humanas han manifestado una estabilidad mayor y han hallado el medio de dar más peso a su tendencia a la simpatía. Para evitar ceder ante la tentación de romper a la menor oportunidad el vínculo que les unía a algunos de los individuos de su entorno y de verse obligados a esforzarse para restablecer dicho vínculo, nuestros antepasados habrían desarrollado una estrategia de prevención, fortaleciendo su instinto de simpatía mediante unas reglas de conducta. Una de las primeras funciones del lenguaje fue, quizás, permitir que el hombre se dominara y pudiera mantener la relación con el otro renunciando a la tentación de romperla. Desde este punto de vista, la moral puede contemplarse como un dispositivo de regulación de los impulsos que amenazan a la sociedad humana y que, a la vez, son susceptibles de poner en peligro su supervivencia y su reproducción. Sería, pues, una estrategia específicamente humana de mantenimiento de la paz mediante el establecimiento de ciertos límites que no deben franquearse.
Ciertamente, existe una distancia enorme entre las series de reglas simples que han permitido reducir las tensiones en la vida social de los homínidos y nuestros actuales modos de reflexión complejos. Sin embargo, si se toma en serio, esta hipótesis introduce un punto de vista nuevo acerca de la moral contemporánea, una moral que se habría elaborado a partir de estas primeras reglas y a lo largo de procesos históricos; la confrontación con otros grupos humanos habría conducido a un intento de resolver las diferencias y a una reflexión sobre la actitud a adoptar ante seres por los cuales no existe una simpatía inmediata. Unos códigos morales más exigentes serían el resultado de un esfuerzo de razonamiento sobre los sentimientos con los que se identificaban nuestros antepasados a medida que avanzaba el conocimiento mutuo.
Sin duda, esta breve exposición del origen de la moral es muy hipotética. Si merece ser tomada en serio, es porque la respuesta que propone se sitúa a medio camino entre dos posiciones igualmente insatisfactorias. En efecto, las exigencias de la moral no son ni exigencias completamente abstractas, procedentes de una razón trascendental e independiente de las características humanas, ni tampoco la simple expresión de sentimientos naturales. La moral humana está a medio camino entre lo abstracto y lo puramente descriptivo . En definitiva, esta hipótesis debería juzgarse según unos criterios idénticos a los que conviene aplicar a la de Darwin, es decir, en relación con su capacidad de explicar una gran diversidad de fenómenos surgidos de muchos campos diferentes, como la teoría general de la evolución, la primatología, la evolución de los homínidos, la antropología, la psicología y la historia de la moral y de la religión.
Intentar descubrir la posibilidad de que, en el marco de la evolución, surgiera el altruismo humano debería tener, al menos, un efecto liberador. Con demasiada frecuencia las afirmaciones morales se perciben a partir de un concepto pesimista del comportamiento humano. El célebre consejo de Macchiavello suele imponérsenos como el realismo mismo: «si todos los hombres fueran buenos, este precepto (no mantener la palabra) no sería bueno; pero como son malos y no mantendrían la palabra que os han dado, tampoco vosotros debéis mantenerla» . A pesar de que, a primera vista, nuestro conocimiento de la historia de la vida parece justificar esta opinión sobre la naturaleza humana, un examen más atento de ciertas consecuencias del darwinismo permite esperar que podríamos ser mejores de lo que piensan los pesimistas. Y, también, que podríamos servirnos de la biología para profundizar en la proposición de David Hume según la cual nuestra falta de indiferencia hacia los que nos rodean es «un principio que explica en gran parte el origen de la moralidad»
Gentileza de Philip Kitcher, catedrático de filosofía de la ciencia en la Universidad de Columbia.
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13.3.09
¿Acaso debemos barrer el vómito de la orgía del patrón?

The Economist sorprendió esta semana con un artículo un tanto surrealista. Analizaba, desde su perspectiva monetarista, las consecuencias a corto y mediano plazo de la actual crisis y proponía nada menos que establecer como norma la "flexibilidad laboral" como única solución al inminente desempleo masivo que se avecinaría.
Esta revista y muchas otras del ámbito económico friedmaniano tienen un particular sentido del humor, si podemos llamarlo así a lo caraduras que son. The Economist, Forbes, Harvard Business Review y América Economía avalaron durante todos estos años las prácticas del extremismo liberal predicadas por Milton Friedman y las conductas "emprendedoras" (léase ahora "estafadoras") de personajes como Bernard Madoff, cuyos reportajes halagadores han sido borrados de las páginas web de dichas publicaciones en las últimas semanas... La autocrítica escasea en estas supuestas revistas prestigiosas; los editores, por lo visto, más que economistas serios eran seguidores de la doctrina religiosa en que se ha convertido la visión friedmaniana de la economía. La aversión a la regulación que The Economist profesaba, defendiendo la libertad absoluta de la ejecución financiera y confiando ciegamente en la Mano Invisible, tan invisible que no existe, ahora discretamente se está metamorfoseando en una propaganda de la desregulación laboral. Según esta publicación (y de la que El Mercurio se ha hecho eco), se recomienda a los gobiernos del planeta que la única forma de evitar que las tasas de desempleo lleguen a los niveles de la Gran Depresión es desregulando la legislación laboral, es decir, poner en práctica la doctrina de la flexibilidad laboral. ¿Qué más flexibilidad laboral de la que ya existe en estos momentos? La facilidad de motivos para despedir personas, los abusos en las horas extra, la nula capacidad fiscalizadora y preventiva de la Dirección del Trabajo, sobre todo en el área agrícola y de comercio de tiendas por departamento, el no pago de cotizaciones previsionales, y un largo etcétera, demuestran que eso ya existe. Otra cosa es legitimar la esclavitud. Fíjense que estas revistas siempre ponen como ejemplo a India y China como paises vigorosos y audaces, pero ¿cuáles son las condiciones sociales de sus trabajadores? Trabajan muchas veces por comida, los niños cosiendo zapatillas Nike en vez de ir a la escuela, donde sólo unos pocos gozan del bienestar que produce a la larga un mercado laboral no regulado. En la universidad me tocó una vez hacer un trabajo sobre regulación laboral en mi ramo de Economía, y un compañero que era gremialista me replicaba en la exposición del mismo que una economía sana no debiera tener regulación, porque perfectamente podrían entenderse el empleador y el trabajador directamente tanto en el establecimiento de sueldos como de beneficios. ¡Vaya idealista! Y él mismo me criticaba por ser "comunista" en mis proposiciones... Tanto la doctrina marxista clásica como la monetarista son ilusiones colectivas, no tienen base racional. Lamentablemente la economía se ha estudiado en este último siglo más como doctrina religiosa que como ciencia. Y The Economist y otros son manuales de catecismo más que revistas de ciencia económica. Replican lo que los sacerdotes de Chicago predican desde sus púlpitos. Por eso hemos caído en este infierno, del que, espero, salgamos lo antes posible.
Los trabajadores no tienen por qué pagar con su estabilidad laboral y su bienestar los costos que dejó la orgía de los malabaristas de las finanzas como Madoff y Stanford y de la irresponsabilidad de bancos como el Santander, que jamás estudió la base racional de las propuestas de inversión de los anteriormente mencionados. Los siguieron como se sigue a un mesías. Esto se soluciona de la forma en que Obama y Bachelet lo están haciendo: con la propuesta Keynes, es decir, con el gran impulso a las obras públicas. En situaciones críticas como las actuales, el único que tiene dinero es el Estado, porque a los inversionistas les baja el pánico escénico, y más que bonos directos (si bien son buenos per se), al desarrollar obras públicas de gran alcance, benefician al país por su perdurabilidad y utilidad pública (como lo fue en los años 1930 la construcción en Estados Unidos del puente Golden Gate, en San Francisco) y a su vez, como necesitan materiales, reactivan a las industrias que lo producen, que a su vez contratan a más personas para trabajar en ellas, que, a su vez, necesitan comprar bienes básicos y suntuarios, lo que reactiva la industria de bienes y servicios. El engranaje económico vuelve a moverse, como diría John Maynard Keynes.
9.2.09
Fenómenos Para Anormales
A mediados del 2008, la célebre ministra Mónica Jiménez de la Jarra invitó a su amiga inseparable, la (dudosa) antropóloga Patricia May, a dictar unas charlas "motivacionales" a los funcionarios, relacionadas con el desarrollo que cada uno debe tener con el "yo interior" (no sé, salvo para los esquizofrénicos, si habrá un "yo exterior"...). "Momó" -como Patricia se refiere tan cariñosamente a la Ministra Jiménez- estaba muy preocupada del desarrollo espiritual de los trabajadores del MINEDUC, y "les recomendaba encarecidamente" que asistieran a las charlas, una eufemística forma de forzar la asistencia. Uno puede preguntarse por qué Momó no organiza con el mismo ahínco (y presupuesto) charlas sobre Schopenhauer o Chomsky, entre otros, intelectuales de verdad que se han pronunciado marcadamente sobre el importante rol que debe tener la educación pública en el desarrollo real de la sociedad, pero no, le parece más interesante invitar a una minúscula señora charlatana vendedora de pomadas místicas, y nos quejamos de la calidad de la educación... Pensemos que fuerza, además, a funcionarios brillantes que pueden no ser creyentes o en la cual su fe está en otra dirección, a asistir a parsimoniosas habladurías sin sentido. Porque está bien que May y sus secuaces crean en lo que quieran, están en su derecho de creer en la inmortalidad del cangrejo si les place, pero otra cosa es insertar esta charlatanería en los planes institucionales. Es como ver al New Age infectar las instituciones del Estado!!! Como si no nos bastara con lo inmiscuido que está el dogma católico en la legislación nacional...
En los últimos años muchos personajes particularmente excéntricos y megalómanos se han valido de las herramientas de marketing modernas para difundir sus doctrinas claramente falsas, e incluso peligrosas en algunos casos. Recordemos nada más a Jim Jones y su secta del Templo del Pueblo en Guyana, o al espantoso caso de la secta Puerta del Cielo, cuando su líder Marshall Applewhite convenció a sus seguidores que cometieran suicidio al paso del cometa Hale-Bopp, en 1997, creyendo que todos ellos eran extraterrestres y que debían abandonar sus "envases" (léase cuerpos) para ir tras la nave OVNI que supuestamente viajaba detrás del cometa.... No tan cruento como estos casos, pero si igual de preocupante por el grado de fiabilidad con el que se toma por parte de personas e instituciones, es el pintoresco caso de Los Mensajes en el Agua, del japonés Masaru Emoto. Emoto plantea -sin ningún argumento serio- que los cristales de hielo adquieren una forma determinada en función del tipo de pensamiento que una persona dirija hacia el agua congelada... ¡Tan absurdamente increíble como la pulsera de los once poderes de nuestro querido Omar Gárate! Y lo más increíble de todo es que estos pastelazos se incluyen ¡como planes de estudio en cursos de algunas universidades chilenas, como la Universidad Mayor! Con solemne seriedad algunos psicólogos de dudosa reputación declaman las bondades del análisis de la personalidad mediante el método de las formas de los cristales de Emoto. Bueno, no nos sorprendamos, basta con ver a Pilar Sordo vendiendo sus insólitas pomadas numerarias del sometimiento de la mujer... No me asustaría ver pronto algunas cátedras en universidades nacionales tales como "Anatomía del Chupacabras I y II", "Lingüística del perro que habla de Sábado Gigante", "Teología del Vidente de Villa Alemana" o "Proyecciones Estadísticas de Alejandro Ayún", entre otras geniales creaciones de nuestras mentes brillantes. Y nos preguntamos sobre el origen de la lamentable calidad de la educación chilena.... Esta estupidez aflora como callampas en gran parte, reconozco, por la nula presencia mediática de intelectuales reales, y esto último sucede, finalmente, por el enorme ego de éstos últimos que prefieren seguir viviendo en sus torres de marfil y creyéndose una casta de elegidos antes que cumplir con su rol en la sociedad, que es la de liderar el progreso del pensamiento compartiendo lo que producen y poseen, que es, a la larga, el verdadero, permanente y único progreso al que puede aspirar nuestra especie. Mientras tanto, contemplemos estos fenómenos para anormales como Patricia May, Emoto, los amantes de Herbalife y todos los seres humanos de débil voluntad.
Como muestra, el video promocional de Masaru Emoto:
13.1.09
VIDA SOCIAL - Karlita Rubilar, detective privada de inteligencia.
Llegó el verano, y los chilenos por fin tienen tiempo para dedicarse a sus hobbies. Unos salen a excursionar, otros a poncear a las playas, y nuestra querida diputada RN, la "Karlita" Rubilar, hace de las suyas en su rol más preciado: ser detective privada de inteligencia, una actividad que es tradición en su familia, persiguiendo a los malévolos zombies ajusticiados, conocidos como "detenidos desaparecidos". Aunque, como hemos sabido, no muy bien le ha ido...

Comienza el juego de misterios, conocido como los "falsos falsos detenidos desaparecidos", y vemos al creador de esta treta, Javier Gómez, de negro, junto a Carlos Larraín, dándole indicaciones a Karlita sobre la estrategia a seguir creada desde el lado oscuro por Darth Mamo.
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Tratando de limpiar la imagen de su tataratataratataratatarabuela, Rebeca Rubilar, quien había sido la ministra de planificación familiar del rey Herodes, acusa que los verdaderos asesinos de los Santos Inocentes eran los ancestros de la ex ministra Barría, abortistas romanos y de grupos de lesbianas proigualdad de género.
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Aconsejada por el cardenal Jorge Medina, Karlita publica un artículo en "despiertachile.cl" declarando que el verdadero rol de la Inquisición era guiar espiritualmente a las ovejas descarriadas, y que las incineraciones masivas de herejes eran en realidad actos de fuego espontáneo producidas por la influencia de Satanás.
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Karlita llama a conferencia de prensa para aclarar que fray Bartolomé de Las Casas no era un piadoso curita, sino el primer elemento infiltrado del naciente comunismo español, que defendía a los hediondos y flojos indios mapuches, y que el acusado primer Rubilar llegado a Chile, don Pedro de Rubilar, no era un despiadado encomendero, sino un noble español que forjaba el espíritu de los indios a punta de duro trabajo.
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Dateada por Miguel Serrano y ante la Juventud RN, Karlita declara que el Holocausto judío por parte del glorioso Partido Nacionalsocialista alemán es un asqueroso mito creado por el sionismo internacional para controlar la economía mundial.
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Acá vemos a Karlita de incógnita junto a Richard Nixon informándole que ya instaló todos los micrófonos en un hotel cercano, tal como se lo había pedido, y que unos amables jóvenes periodistas en práctica la ayudaron en la misión.

Comienza el juego de misterios, conocido como los "falsos falsos detenidos desaparecidos", y vemos al creador de esta treta, Javier Gómez, de negro, junto a Carlos Larraín, dándole indicaciones a Karlita sobre la estrategia a seguir creada desde el lado oscuro por Darth Mamo.
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Tratando de limpiar la imagen de su tataratataratataratatarabuela, Rebeca Rubilar, quien había sido la ministra de planificación familiar del rey Herodes, acusa que los verdaderos asesinos de los Santos Inocentes eran los ancestros de la ex ministra Barría, abortistas romanos y de grupos de lesbianas proigualdad de género.
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Aconsejada por el cardenal Jorge Medina, Karlita publica un artículo en "despiertachile.cl" declarando que el verdadero rol de la Inquisición era guiar espiritualmente a las ovejas descarriadas, y que las incineraciones masivas de herejes eran en realidad actos de fuego espontáneo producidas por la influencia de Satanás.
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Karlita llama a conferencia de prensa para aclarar que fray Bartolomé de Las Casas no era un piadoso curita, sino el primer elemento infiltrado del naciente comunismo español, que defendía a los hediondos y flojos indios mapuches, y que el acusado primer Rubilar llegado a Chile, don Pedro de Rubilar, no era un despiadado encomendero, sino un noble español que forjaba el espíritu de los indios a punta de duro trabajo.
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Dateada por Miguel Serrano y ante la Juventud RN, Karlita declara que el Holocausto judío por parte del glorioso Partido Nacionalsocialista alemán es un asqueroso mito creado por el sionismo internacional para controlar la economía mundial.
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Acá vemos a Karlita de incógnita junto a Richard Nixon informándole que ya instaló todos los micrófonos en un hotel cercano, tal como se lo había pedido, y que unos amables jóvenes periodistas en práctica la ayudaron en la misión.
30.12.08
El alto costo de los "precios bajos"

Surgió la noticia como rumor la semana pasada, y fue confirmado este fin de semana reciente: la cadena del retail chileno D&S está en negociaciones concretas con el gigante norteamericano Wal-Mart para el desembarco de éste último en Chile. Las acciones en la Bolsa de "Líder" subieron como la espuma hace unos días, antes de saberse este notición (motivo por el cual la Superintendencia de Valores y Seguros está iniciando una investigación para dilucidar si existió uso de información privilegiada), y no es para menos: Wal-Mart es un verdadero imperio de los supermercados en Estados Unidos, con un sistema de compra a proveedores un tanto cuestionable que permite competir ventajosamente al ofrecer precios bajísimos de los productos a los consumidores. Las autoridades chilenas, desde el Ministerio de Hacienda hasta académicos del área económica, alaban esta decisión comercial, que, según ellos, beneficiará a los chilenos al ofrecer mayor competencia en el área de la oferta de consumibles. Esto es muy cierto en la realidad de un mercado del tamaño del estadounidense, donde un universo de más de 300 millones de consumidores da el suficiente espacio comercial para la competencia de un número respetable de oferentes, pero en nuestra población de cerca de 16 millones de personas, con una renta per cápita que es un cuarto de la americana, la competencia desaparece pronto para convertirse en un paraíso de los monopolios. Veamos otras ideas importadas, como las ISAPRES y las AFP, cuántas habían en un principio y cuántas hay ahora. La competencia real puede desarrollarse en una ecuación relacionada entre el tamaño de la masa de demandantes y la reglamentación de las relaciones entre oferentes, tomando en cuenta el "dilema del prisionero", desarrollada a mediados del siglo XX. Todo esto para evitar colusiones y carteles, como lo que hemos visto entre las farmacias SalcoBrand, Ahumada y Cruz Verde. Lamentablemente nuestro país es una incubadora de monopolios naturales, dado lo pequeña de nuestra población y lo mal educada que está en cuanto a consumidores, y la regulación no acompaña mucho, puesto que la actual es casi la misma que se creó en plena dictadura militar, donde el ánimo de los asesores económicos de Pinochet era atraer la mayor cantidad de inversión extranjera posible dándole "facilidades" que no encontrarían en ninguna otra parte. Pero la realidad ha cambiado, no así las leyes regulatorias. Y con lo que estamos viendo en Estados Unidos, vaya que es importante tener una buena regulación de los mercados, no sólo financieros, sino también de los tangibles.
Seguramente cuando recién la marca Wal-Mart comience a reemplazar al logotipo "Líder", veremos precios bajísimos, con el afán de posicionar socialmente a la empresa en el inconsciente colectivo, pero en un corto plazo, y sin darnos cuenta, los precios comenzarán a subir, puesto que como no tendrán competencia real, ellos y no los consumidores establecerán lo que es bueno en cuanto a precios, porque sabrán cómo quieren en Chile al amigo cuando es forastero (siempre y cuando tenga plata y reconocimiento). Sin modernizar racionalmente la legislación nacional económica, seguiremos viendo usos indebidos de información privilegiada y abusos de la tendencia nacional hacia los monopolios naturales.
2008 J.R. Montero
13.10.08
Copiar. Pegar.

Hoy al parecer están logrando su efecto las medidas concertadas de los países europeos, más Estados Unidos, para frenar la hecatombre financiera que estalló a mediados de septiembre pasado. Y es que la crisis del crédito subprime que comenzó bajo la administración Bush pronto comenzó a derramarse por el resto del globo. El modelo de créditos accesibles a personas financieramente riesgosas parece que no dio los frutos que se esperaban, y, además, no era sustentable en el tiempo. Los créditos subprimes son aquellos préstamos que las instituciones bancarias y comerciales otorgan a personas de escasa solvencia, para aumentar el tamaño del mercado y obtener, así, mayor presencia en el mismo. La idea original surgió en los años 1980, cuando la institución del crédito se consolidó en muchos países occidentales. Así, una persona que ganase un sueldo mínimo podría adquirir bienes y servicios de consumo, los cuales podría pagar en una cantidad de cuotas proporcional a su capacidad de pago, extendida en el tiempo. El problema surge cuando este tipo de créditos se amplía al sector inmobiliario. Parte de la sobrevaloración de los bienes raíces en Estados Unidos surgió tras la crisis de las "empresas punto com" (a comienzos de la década del 2000), cuando muchas de estas empresas quebraron, y el capital que las mantenía se dirigió a sectores considerados más seguros, como los bienes inmuebles. Entonces muchos ven una enorme oportunidad de negocios, y deciden ampliar el mercado oferente de casas y departamentos a personas que en la realidad no podrían pagarlos. Ayudó mucho a esto la excesiva reducción de impuestos y la baja brutal en las tasas de interés, dando una sensación de seguridad a las personas para adquirir deudas. Pero la realidad pronto dio cuenta de la ingenuidad... y en 2007 comienzan a surgir problemas por el incumplimiento de los pagos de hipotecas, que convergió en el gran problema: la falta de dinero en los bancos e instituciones prestamistas. Sin dinero fresco, los bancos no podrían otorgar nuevos créditos, y el mercado se detiene. Todo estalla en septiembre, cuando este estancamiento se vuelve epidémico en la banca estadounidense...
Uno de los grandes errores de la humanidad ha sido el concebir a la economía desde el punto de vista ideológico, y esto lo comprueba. La extrema derecha americana, defensora acérrima de la escuela monetarista de Milton Friedman, llevó al país del norte al precipicio donde está ahora, tal como la extrema derecha chilena llevó a Chile a la crisis del año 1982, cuando sucedió lo mismo que ahora pasa en EE.UU. Uno de los desafíos más grandes del siglo XXI es el estudio científico de la economía, de sus variables, de su comportamiento y, sobre todo, de la capacidad predictiva y regulatoria que se pueda lograr con su comprensión. Hasta ahora, las políticas económicas de Occidente han sido sólo una tarea de copiar los modelos que se crean entre las cuatro paredes de alguna exótica universidad americana. Pero al copiar, nos pegamos también los efectos indeseados de planes mal creados. Pensemos en nuestro caso, en nuestro mercado subprime de las tiendas del retail chileno. ¿Cuánta gente de escasos recursos está endeudada con las tarjetas de supermercados o grandes tiendas? Es cosa de tiempo saber cuándo nuestra burbuja estallará.
Quizás esta crisis de las tesis del monetarismo puro signifiquen la muerte del siglo XX. La ideología contraria ya murió a fines del siglo pasado, con la caída de los regímenes de la órbita soviética. Ahora le tocó el turno al motor ideológico americano. A continuación, un excelente análisis de la crisis subprime.
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